Desde #MEP sobre el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades
¡Qué difícil es traducir lo que nos pasa por el cuerpo!
¿Cómo se nombra un temblor colectivo? ¿Cómo se describe la fuerza que nos atravesó la carne y el espíritu durante estos días en Córdoba?
Empecemos por los síntomas…
Las pieles de gallina. Los nudos en las gargantas. La urgencia en las bocas por soltar la voz. Los cuerpos marcados. Las historias que sangran en repetición. Las cicatrices abiertas que exigen a gritos una red que las sostenga.
En la soledad del día a día, esa intemperie engendra desesperanza. Una ayuda que no llega, que no se avizora.
Las fachadas conservadoras de la ciudad miraban atónitas la revolución palpitando en las calles. Dos caras de la historia frente a frente.
Y en el medio, nosotras: los abrazos largos, el llanto que limpia, la risa cómplice, el mate que circula, las canciones que se cantan bien cantadas. Charlas, debates, pañuelazos y talleres.
La juventud vibrante entrelazada con la fuerza adulta.
Una marea feminista rodeando la piedra antigua, exigiendo justicia, equidad y un “ya basta”.
Llegamos con la salud mental astillada por el rigor patriarcal. Por un sistema que dice proteger a las víctimas de violencia, pero que en la práctica expulsa a quienes llevan el daño.
Sin embargo, en esa marea, nos nutrimos de la fuerza de las otras. Una potencia arrasadora capaz de regenerar los tejidos heridos y revitalizar el pulso.
Pasamos de la angustia al fuego. Fuimos una multitud de mujeres mutando en un solo cuerpo: inmenso, potente, con una capacidad transformadora absoluta.
El tiempo y la perspectiva de la historia le pondrán nombre a lo que cambiamos todas las que fuimos parte de estas marchas y talleres.
Por ahora, solo podemos ser este latido. Solo podemos describir lo que se sintió ser: cambio y marea.