PENSAR EL FUTURO EN COMUNIDAD ES HACER FUTURO

Vengo pensando hace tiempo cómo se construye la trama social, y cómo se destruye también. El miércoles del taller “Diseñar el futuro” llegué cargando el peso de unas semanas difíciles: el contexto socioeconómico me venía pegando duro. Llevaba meses sin trabajo en un entorno en el que tengo que sostenerme de forma independiente por el hecho de ser madre, formando parte de ese porcentaje de mujeres a las que el sistema expulsó porque no se adaptaban a sus reglas.

Por suerte, alguien (Rocío) me sacó del loop de “opacidad” que te empuja a pensar en el autosustento de manera constante —un recurso y casi una habilidad que hemos aprendido a la fuerza en Argentina— y me dijo: “Venite y charlamos en vivo, no te quedes en tu casa”. Y fui, un poco al estilo #MEP de darnos una palmadita en el medio de la oscuridad. 🙂

Salir de mi hogar ya fue el primer paso para sentirme mejor. Trabajar por cuenta propia a menudo se traduce en una soledad literal: hacés todo sola y el aislamiento pesa. El lugar, Casa Chai, era precioso e invitaba al encuentro. Apenas me senté con las compañeras que hacía tiempo no veía cara a cara, esa opacidad desapareció casi al instante.

Éramos varias, de disciplinas diversas. Además, habían venido algunas invitadas de otra red, lo que de entrada marcó la diferencia. Había caras nuevas; nos estábamos conociendo con las de siempre (porque algunas no nos conocíamos en vivo) y descubriendo a las que no habíamos visto nunca.

Empezamos una ronda de presentación y las chicas, nucleadas en una red con foco en la sustentabilidad, compartieron sus “obsesiones”: todas ligadas a mejorar el planeta y construir una vida mejor. Con cierto sesgo profesional, me dedico a moderar grupos y hacer entrevistas con fines de investigación, escuché cada relato y al final noté algo: ninguna de las que habían estudiado publicidad estaban trabajando de eso, un hallazgo que a varias nos llamó poderosamente la atención.

Pasamos a la actividad principal. Agus Kupsch, con su calidez característica y su pedagogía casi innata (el oficio de investigadora me prohíbe hablar de “dones”, pero que lo tiene, lo tiene), nos propuso una consigna: pensar un futuro para la comunicación. Un desafío permanente para quienes trabajamos en y para esta industria.

Pusimos los papeles delante de nosotras y, en una dinámica que mutó casi en sesión de terapia, empezamos a desmenuzar cómo la comunicación impacta en el entorno, en el sistema y en nosotras mismas. Qué rol ocupábamos y qué debíamos transformar para proyectar un futuro donde nuestra disciplina tuviera un lugar más sano.

Lo que más me sorprendió fue cómo, de manera transversal y espontánea, apareció la necesidad urgente de conectar: conectar el cuerpo a la experiencia, dejar de actuar por inercia y recuperar el pensamiento crítico para tomar decisiones conscientes. Hoy, el tiempo es el nuevo lujo. Esa necesidad nos acucia a la hora de imaginar un porvenir que, de otro modo, se vislumbra desolador.

La certeza de la comunidad se impuso en todas las mesas. Nos dividimos en cuatro grupos y en ninguno faltó la naturaleza ni el deseo de revincularse con el resto. Esto me devuelve al principio: el loop de la preocupación económica, la incertidumbre y las urgencias materiales solo se rompe imaginando juntas, haciendo comunidad y mirándonos a los ojos para leer la reacción de la otra persona en directo, y no a través de una pantalla de 15 x 7 centímetros.

La epidemia de soledad es una emergencia. En la Argentina de Milei, los suicidios aumentaron un 22,6% según el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC). Si bien el fenómeno es multicausal, su correlato con el consumo de nuevas tecnologías es innegable. Un informe reciente del Observatorio de Psicología Social de la UBA destaca que “el 97,19% de los participantes afirmó utilizar redes sociales y el 58,98% dijo usar herramientas de inteligencia artificial (IA). Según el informe, ambas prácticas se vinculan con mayores niveles de ansiedad y malestar emocional” (Infobae/26, Junio 2016).

Otro hallazgo alarmante del estudio indica que el 29,15% de la población se encuentra bajo tratamiento psiquiátrico o psicológico, pero lo más grave es que el riesgo suicida se acrecienta entre los jóvenes de 18 a 29 años, registrando niveles significativamente más altos que los grupos de mayor edad. En un contexto donde el vaciamiento estatal es una realidad y el amparo en salud mental es nulo, las personas recurren a la IA y a las pantallas en busca de respuestas, lo que a menudo empeora el cuadro. Como advierte Lila Feldman, psicoanalista feminista y escritora: “el fenómeno digital profundiza el aislamiento, la soledad y el reforzamiento de los padecimientos, confinados al circuito de la ‘solución individual’ y a las ‘respuestas’ deshumanizadas” (Página/12, Junio 2016).

Por más memes, stickers o emojis que nos mandemos, nada reemplaza el contacto cara a cara. El futuro es una construcción colectiva, en vivo y tangible. El taller nos demostró que si no hay comunidad y pensamiento colectivo, difícilmente podamos siquiera empezar a pensar un mañana.

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Researcher, Socióloga, Género y Cuidados

Lic. en Sociología - Consultora independiente. Creadora de MalabaristasdelCuidado, magíster en Género, Sociedad y Políticas Públicas. Con 17 años de experiencia en investigación de mercado y social, se desempeña como consultora independiente e investiga las barreras estructurales de la maternidad y la economía del cuidado.